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Reflejos XIII (1ª Parte)






Una intensa luz les cegó al traspasar el umbral, y no habían tenido tiempo de recuperarse cuando se vieron  imbuidos casi al instante del aire ceremonial que invadía cada rincón de la sala recién descubierta.  Notaron la frialdad glacial que imperaba, y tras recuperarse de la cegadora luminosidad,  se percataron de la causa del frío. Toda la arquitectura estaba hecha de hielo: techos, vigas, pilares, suelos, paredes... Todo estaba construido y tallado en translúcido hielo.

-Vaya, vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? –la sarcástica voz interrumpió la contemplación casi anonadada de los recién llegados.

Ambos dirigieron al unísono la mirada a la persona responsable de la pregunta, captando enteramente su atención.  Ante ellos, sentado en un trono de geometrías imposibles y decorado con carámbanos de infinitas formas se hallaba un hombre cuyos ojos relucían en las penumbras que ocultaba parcialmente sus rasgos, aunque la cara de aburrimiento con que los miraba era más que evidente. Descasaba la barbilla sobre la palma de la mano, cuyo brazo, de amplios bíceps se marcaba ostensiblemente bajo las manga de la casaca que llevaba, asentado sobre el apoyabrazos izquierdo en forma de ala le daba un aire hastiado y levemente amenazante al estar sobre un estrado un par de metros sobre ellos.

-El príncipe Edwing Osbert de Neilane y su acompañante, la señorita Lyselle –anunció entonces Mulcrey, cuadrado ante su señor.

-Ah, es verdad, se me había olvidado por completo que teníamos una audiencia –comentó, haciendo un gesto despreocupado con la mano.- Bien, supongo que puesto que estaba acordado y están aquí, procederemos a ello – añadió, como si ellos no estuviesen presentes mientras se levantaba para cumplir lo que había dicho.

Algo atrapó la atención de Lyselle. Incapaz de moverse por alguna extraña razón, percibió por el rabillo del ojo como a su lado, Edwing se tensaba y la fuerza de su cuerpo se trasladaba a sus puños, tan fuertemente apretados que por un momento pensó que le sangrarían las palmas de las manos. El momento que transcurrió hasta que la persona que habían venido a ver se acercó la suficiente para que la proyección de su sombra se abatiera sobre ambos, engulléndolos completamente en la leve penumbra de su cuerpo,  penetrando demasiado en el espacio vital y cerniéndose como una rapaz sobre su presa.   

Impertérrito los observaba a ambos, y lo mismo hicieron ellos, sólo que la curiosidad con que los tres se estudiaban no era revestida de misma manera. La del rey era descarada y autoritaria, la de Edwing era levemente reverencial y contenida al saberse supeditado a la decisión de ese hombre, y la de Lyselle… la de Lyselle pulsaba bajo sus venas, latía en impulsos que clamaban para que levantase los ojos que no sabían que tenía plantados en el suelo, y encontrase una respuesta que extrañamente ansiaba conocer. Pero el recuerdo de lo ocurrido en el jardín seguía vívido, y la imagen de la espada de cristal quemaba a piel la advertencia que decía que se contuviera de ceder a la curiosidad… Y como siempre, sobreponiéndose a la advertencia con el descaro de la adolescencia por la que aún transitaba, alzó la cabeza orgullosamente, sintiéndose valiente de repente, no deseando que su voluntad estuviese supeditada a nadie que la ninguneara. Y al hacerlo, la espada que llevaba en la mano, cayó irremediablemente sobre el suelo, ahogando una exclamación de sorpresa en el proceso. Pues allí, ante ella, se hallaban los mismos ojos blancos a los que anteriormente había mirado. La misma forma, la misma tonalidad, el mismo sentimiento…  Unos ojos que en preciso momento en que se conectaron con los suyos, empezaron a verse inundados de una violenta tormenta de torbellinos oscuros que tras varios instante empezaron a difuminarse en la retina del rey, volviendo la coloración de los iris de color gris.   

Un estrépito se adueñó de la sala. El ruido de espadas desenvainándose se escuchó y resonó el sonido de decenas de pasos adelantándose e irrumpiendo en la escena desde las recónditas esquinas de la estancia, guardias reales hasta entonces invisibles, mas a una seña de Mulcrey ambos detuvieron la apenas iniciada acometida y se mantuvieron expectantes con las espadas en alto. Varias voces se distinguieron al surcar el aire hablando a la vez entre el estruendo.

-Lyselle, ¿estás…

-No puede ser.

-¿Tú?

Un batir de alas centró entonces la atención de todos los presentes, alas que pertenecían a un dragón plateado demasiado bien conocido para alguno de los presentes. Le vieron atravesar la cúpula de cristal, como si fuera apenas un espectro y elegantemente aterrizó en uno de los extremos de la sala, las majestuosas alas extendidas y dirigió una mirada al rey y a la chica antes de avanzar hacía ambos. Llegó a la altura de ambos solemnemente, y sin pronunciar palabra, su forma empezó a desdibujarse hasta diluirse finalmente en un revoltijo plateado, danzando alrededor de los dos, envolviéndolos en una calidez totalmente distinta a la imperante, y entonces, súbitamente, el flujo en que se había convertido el dragón se alzó sobre las cabeza de todos los presentes y estalló bajo la misma cúpula del palacio, convirtiéndose en una radiante lluvia que se dividió en tres partes diferentes tomando rumbos definidos: uno fue a parar a la abandonada espada sobre el suelo, refulgiendo al entrar en contacto, otro hizo blanco en el pecho del rey, penetrando en su interior y el último hizo lo mismo en el suyo, experimentando una serenidad y bienestar que renovó sus fuerzas, otorgándole una seguridad renacida.

El crepitar de la energía absorbida se disipó finalmente, y silencio hizo acto de presencia entre los anonadados guardias y un no menos dubitativo vampiro.

-¿Qué ha pasado? – consiguió formular al fin, sobreponiéndose.

-Eso quisiera saber yo –contestó el rey.

-Sabéis de sobra el significado de todo esto, señor –intervino nuevamente Mulcrey.

-Es imposible, Mulcrey, ¡es una humana! –aclaró desdeñosamente.

Un gruñido llegó a los oídos de todos los presentes, antes de que el príncipe arremetiera contra el dragón. Aunque no fue muy lejos. A un gesto de su mano, una barrera se materializó impidiéndole el paso. Los guardias recobraron su movilidad, abalanzándose sobre él, al entender el gesto como una amenaza para con su rey, y una vez más, el jefe de la guardia los detuvo autoritariamente.

-¡Deteneos! No representa una amenaza, no va armada y hemos requisado su montura. Además, creo que se le debe una explicación, ¿no le parece señor?

-Las tradiciones draconianas no les incumben a los foráneos, Mulcrey. ¿O acaso lo has olvidado? No te extralimites de tus funciones.

-Sé perfectamente lo que hago. Y  valga decir, que el tema que nos atañe aquí es algo casi de demonio público. Además, déjeme recordarle una cosa.

-¿Cuál?

-Esta chica acompaña al príncipe Edwing, y no creo que lo haga porque sean hermanos. ¿No es cierto, príncipe?

-Es mi prometida – repuso el vampiro, el aplomo y la dignidad recuperados, rivalizando el tono de voz con su casi homólogo. 

Una afirmación por otro lado, que le valió una mirada desconcertada, recriminatoria y ofendida de la ausente chica que reaccionó mágicamente a esas palabras. Iba a replicar, pero advirtió en los ojos de Edwing la negativa.

-¿¡Qué!? – pronunciaron atónitos los otros dos.

-Es mi prometida, ¿hay algo malo en ello?

-¡Eso es imposible! –espetó furioso el rey.

-¿Lyselle? – se dirigió a ella entonces.

-Así es, lo estamos.

-Pero no hay ninguna duda de que ella es… La espada, la vinculación…

-Es imposible, no puede ser, debe haber algún error… Y de todas formas, ¿cómo ha llegado una humana a este mundo? ¡Su presencia no está permitida en este mundo!

-¿Qué problema tienen su graciosa majestad y sus súbditos con los humanos? – se inmiscuyó un nada comedido vampiro, al parecer olvidada la razón por la cual se hallaba allí y a quién se dirigía.

-Ninguno, salvo que son seres inferiores indignos de contaminar este lugar.

La respuesta enfureció al vampiro, quien embravecido se lanzó contra la barrera, y lejos de repelerle, la atravesó, exhibiendo los colmillos de manera amenazante, aunque enseguida se percataron todos, que al menos de momento no tenía intención de atacar.

-¿Acaso te crees tú mejor que ellos?  

-¿Acaso no lo eres tú también? – le devolvió astutamente el mayor la jugada.

-Príncipe, alteza, creo que tenemos una situación entre manos peligrosamente cerca de escapársenos de las manos. Les sugiera que se dejen de pullas, y se centren en el tema que nos ocupa. No creo que las discrepancias y el choque de egos, ayude a la señorita a entender lo que le acaba de ocurrir.

Fueron las palabras mágicas. Se giraron para ver a una nerviosa chica, cuyas manos sobre el pecho le temblaban.

-Guardias, retomad vuestras tareas – tronó el dragón.

Ninguno objetó la orden. Haciendo una reverencia, todos comenzaron a abandonar el lugar por una puerta lateral que acababa de abrirse, etéreos y silenciosos. Todos salvo uno.

-Discin, tú también –reprendió Mulcrey.

-Soy tu segundo al cargo, y es obvio que nuestra visita a estado a punto de…

-Discin, ¿te vas por las buenas o por las malas?
 
Mordiéndose los labios y chirriando los dientes de rabia, hizo una reverencia y el también salió, cerrando la puerta tras de él.

-De acuerdo, sugiero que se sienten, esto va a ser algo complicado de explicar.

-No veo muchas sillas por aquí –constató lo obvio Edwing.

-Inteligente observación, no me habría dada cuenta sin ella.

-Señores…

-Vamos a mi despacho.
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Reflejos XII (Segunda Parte)



Había intentado permanecer impasible ante las hirientes palabras que aquel desconocido le lanzaba a modo de indirectas. Pero su autocontrol pronto flaqueó y un torrente de emociones volvieron a desbordarla. Debería haberse mostrado segura, e incluso tal vez haberle devuelto la ofensa, pero fue incapaz. Lo que creyó haber enterrado, la inseguridad y la baja autoestima, se revolvieron en su interior, y antes de darse cuenta de ello, su cuerpo tomaba un rumbo incierto hacía algún lugar de las sombras de ese jardín, como guiado mágicamente. Eso fue en principio lo que pensó, pero cuando el arrullo de voces se diluyó, supo que lo que la impulsaba, era la suave melodía que notaba resonar a su alrededor, guiando un caminar errante que aparentemente no sabía adónde llevaba, pero que continuó entre la maleza hasta alcanzar otro claro como aquél en el que hubieron aterrizado, sólo que este se encontraba totalmente aislado del mundo exterior, sin aparente camino de llegada ni de retorno. Pero lo más sorprendente era el color predominante. El blanco. Se trataba de un terreno en forma de medialuna, rodeado de altos y frondosos cipreses a cuyos pies descansaban infinidad de velas grises, todas ellas prendidas, formando sombras sobre la superficie totalmente congelada de un lago, y que aún así, parecía fluir. Y justo a la mitad de éste, un montículo surgía de esa superficie helada, protegida por rocas de infinitos tonos blancos y grises. Se sintió fascinada por algo tan aparentemente imposible, pero su sorpresa continuó en aumento, al percibir un chasquido que pareció despertar a ese caleidoscopio de rocas haciendo que se esparcieran alrededor del promontorio, formando caminos irregulares a lo largo de todo el perímetro, llegando hasta sus mismos pies.
Indecisa, dudaba en si debía seguir adelante, pero un movimiento en el altar lejano la impulsó a tomar el camino. Esperó notar frío al tomar la primera roca, pero la única sensación que la envolvió fue la de irrealidad, que se incrementaba conforme se iba acercando al centro.




Finalmente dio el último paso y alcanzó el promontorio, y fue cuando por primera vez le recorrió un escalofrío por toda la espalda, y el frío se adueñó de su cuerpo. Avanzó inconscientemente, intentando entrar en calor, pero la sensación se agravó hasta que alcanzó el propio centro de todo ese lugar. Observó todo, intentando hallar una explicación lógica, pero lo único que encontró fue un altar rodeado de lo que parecían capas de hielo que ascendían en forma de cascada hasta la base, donde sobre las alas extendidas de un grisáceo dragón descansaba una espada hecha aparentemente de cristal, con una inscripción que aparecía y desaparecía de su hoja, y una empuñadura de flores labradas con un mango en forma de alas.
Antes siquiera de notar el movimiento de sus manos, y siguiendo un impulso de su corazón, se vio atraída por esa visión y sin poderlo remediar, pronto notó el peso en sus manos. Tocó tímidamente la flor grabada de mayor tamaño y al hacerlo, un calor se extendió por todo su cuerpo, desplazando al frio que sentía. Confiada por ello, ya no dudó en empuñar la espada, alzándola del pedestal y contemplando la inscripción que en ese instante desapareció definitivamente de la hoja.
-¿Qué haces aquí?-interrumpió una oscura y tétrica voz su tren de pensamientos.
Se giró sorprendida, y en el movimiento sintió resbalar de sus manos la espada. Esperó el ruido de algo hacerse añicos, más la espada volvía a estar sobre el altar, sólo que esta vez el dragón que la sostenía ya no estaba.
-Yo... lo siento mucho-repuso temblorosa, sólo pudiendo atisbar la bruma que se cernía ante el altar- No quería...
-¿Quién eres tú?-exigió saber una figura que poco a poco fue solidificándose hasta tomar la forma majestuosa de un gran dragón plateado de ojos completamente blancos, que fácilmente podía inducir el pensamiento de que era ciego.
Ahogó un gritó de sorpresa con las manos, al enfocar la figura, abriendo los ojos entre la sorpresa y el miedo.
-Lo-lo siento.
-No quiero tus disculpas, exijo saber qué haces aquí. ¿Cómo has llegado?
-No-no lo sé... Sentí como si algo me llamara, y antes de saberlo me encontré en el claro... Y después ante el altar... cogí la espada, no sé porque, y el dragón que había...-siguió dando explicaciones, aunque sin ninguna coherencia-.
-¿Algo te llamaba?-redujo la ferocidad la voz el dragón.
-Una especie de melodía tal vez, un susurro...
-¿Y la espada?
-Se me resbaló de las manos, lo siento...
-La espada está intacta, ¿no lo ves, humana?
Al decirlo, enfocó la vista en el pedestal y la encontró intacta, sólo que ahora ya no se hallaba sobre ninguna figura.- Yo pensé que...
-Prueba a empuñarla
-¿Cómo?
-¡Empúñala he dicho! ¿Acaso no me escuchas cuándo hablo?
Vacilando, se enfrentó a ello, y la volvió a coger, intentando detener el temblor de su cuerpo, intentando permanecer firme.
-¿Qué ha pasado exactamente?-demandó
-Me acerqué, y al cogerla sentí como si el frío desapareciera. Además...-vaciló, temerosa de que lo que fuese a decir fuese culpa suya.
-¿Además? No tengo todo el día, humana.
-Pensé que la hoja tenía algo inscrito, que no dejaba aparecer y desaparecer. Pero al cogerla, desapareció. Yo... quería saber lo que ponía
-Draco nunquam dormiens.
-¿Cómo?
- Draco nunquam dormiens. El dragón nunca duerme. Eso es lo que pone en la hoja de la espada. O ponía.
-No era mi intención... Perdonad lo que he causado.
-¿Qué hacéis aquí? ¿Cómo se halla una humana en este mundo?
-Vine con el príncipe.
-Ya claro, con el Leviatán.
-No... Vine con el príncipe Edwing.
-¿El vampiro?
-Sí...
-¿Por qué?
-No creo que me corresponda a mí responder a eso.
-Tal vez – adujo, reduciéndose nuevamente la ferocidad en su voz
-Pero por favor, cualquier cosa que haya hecho mal es culpa mía. Él no tiene nada que ver. Ni siquiera sabe que estoy aquí, estará preocupado. Ruego que dejéis que me marche...
-Aquí ordeno y dispongo yo, humana. ¿Sabéis quién soy, no?
-Un dragón...
-Muy observadora. Soy el guardián de este lugar, y también de esa espada.
-Ruego disculpéis mi insolencia, pues. No volverá a ocurrir-expresó con una leve inclinación.
-Marchaos
-¿Estáis seguro?
-¿No era eso lo que querías?
-Sí...  Lo siento-dijo con resquemor en la voz.
Volvió a inclinarse y se dispuso a marchar.
-Espera.
-¿Sí?-dijo con cierto dolor en la voz, al sentirse humillada.
-La espada, te la dejas.
-No es mía....
-¡He dicho que te lleves la espada, y es una orden!
Volvió sobre sus pasos, y sin dirigirle una sola mirada la cogió y salió de ese lugar a toda prisa, y fue tal vez por ello, por lo que no se percató de cómo el dragón alzaba el vuelo, ni como las rocas del camino se reagrupaban sobre el promontorio y en el lugar del altar aparecía un palacio de hielo.




Conforme pasaba el tiempo en el claro, y al no ver saber nada de la suerte de Lyselle, la aparente calma del príncipe se evaporaba junto a los instantes en los que sus pensamientos se iban sumiendo en negros presagios. Le preocupaba su seguridad por una parte, pero por la otra, también le espantaba el hecho de la situación tan comprometida en la que podía involucrarle, al fin y al cabo, no le había explicado a fondo la situación en la que se encontraban.
Un sonido de pasos ajetreados le devolvió a la realidad, presintiendo la cercanía de alguien, pero no fue hasta que pudo atisbar su contorno cuando pudo identificar la figura. Una que le devolvió una parte de la tranquilidad hacía rato perdida.
-¡Lyselle!-exclamó con voz aliviada, acercándose a ella y estrechándola.-¿Dónde fuiste?
-Lo siento... Al escuchar vuestra discusión....
-Perdóname tú a mí, no debería...
-Así que el gato ya encontró al ratón-interrumpió una voz crispada, apareciendo Discin de nuevo ante ellos.
-Me alegro veros sana y salva, señorita-comentó Mulcrey, que se hallaba junto a su compañero.- ¿Dónde estabais?
-Me perdí-se excusó ella, lo que era parcialmente cierto.
-Señorita... ¿dónde ha encontrado esa espada?
Un escalofrío volvió a recorrerle el cuerpo, al verse atrapada en una mentira y con una espada que podrían interpretar que había robado...
-Me la dieron...
-Ya claro, esa espada te la dieron
-¿Qué insinuáis?-la defendió Edwing.
-¡Silencio, ambos! ¿Qué ocurrió exactamente cuando usted desapareció de este lugar?
De pronto notó el peso de las tres miradas sobre ella: una de preocupación, otra de desprecio y la última una mezcla entre la curiosidad y la duda. Tragó saliva, dándose valor para poder decir lo que pensaba que los demás juzgarían como locura.
-Pues yo.... sentí como si algo me llamara, algo que me impulsara a seguir ese sonido...
-¿Y después?
-Caminé por algún lugar de este jardín, aunque no sabría precisar por donde, y cuando quise darme cuenta, había llegado a un lugar desconocido. Una especie de claro, como surgido de otro mundo...
-Un claro en forma de medialuna –la ayudó Mulcrey
-Sí... Parecía helado... como sostenido en el tiempo, un lugar atemporal, rodeado de velas y robles...
-¿Qué significa todo esto?-interrogó el príncipe con autoridad.
-¿No me digas que la humana va a resultar inocente?
-Y en el centro, sobre un lecho de flores heladas, un altar con un dragón que sostenía esta espada- continuó ella ajena a las réplicas antes de perder el valor.
-¿No había nadie más? ¿Cómo cogisteis la espada?
-Las rocas de alrededor formaron un camino, avancé por él hasta que conseguí llegar al promontorio. Y la frialdad aparente pronto se transformó en calor cuando empuñé la espada. No sé porqué lo hice, sólo sé que un arrullo lejano me decía que eso era lo que debía hacer.
-¿No había nadie?
-Cuando la cogí... apareció un dragón de la nada. Uno de ojos blancos...
-Entonces es cierto...
-¡Exijo saber lo qué está ocurriendo!
-Disculpadme príncipe, pero ese deber no me atañe a mí...
-Mulcrey... ¿de qué va todo esto? ¿Estás intentando justificar a esta mujerzuela?
-¡Discin! ¡No te permito que te refieras a ella de ese modo! ¡Y si sabes lo que te conviene, mantendrás esa boca tuya cerrada!
Vampiro y guardián se giraron atónitos ante el cambio de actitud del hombre, y notaron como la forma de comportarse hacía la chica se hacía levemente más reverencial.
-Señorita, nos os preocupéis, no habéis hecho nada malo y os aseguro que no estáis loca. En cuanto a la espada, es vuestra por derecho, no os avergoncéis por llevarla.
-¿Qué significa por derecho? No creo que ella tenga nada que ver con este reino-comentó el vampiro.
-El Leviatán espera, no le hagamos esperar más tiempo del debido- y con ello les dio la espalda a ambos y emprendió un rumbo invisible a simple vista pero que todos tenían la seguridad de saber que conduciría hacía el lugar donde habitaba el Leviatán.

Les guió por un camino visible únicamente a los ojos de la persona que abría la marcha, cuya anchura fue disminuyendo a cada paso, ahogando sensaciones de miedo para transformarlas en claustrofóbicas, hasta que finalmente, cuando ya no parecía posible la existencia de camino alguno, súbitamente el terreno se abrió a una extensa zona abierta, libre de opresiones. Era un páramo rodeado por aguas límpidas, sobre el cual se levantaba un extenso y enorme edificio de dos plantas, cuyas paredes iridiscentes titilaban creando un juego de luces, resplandeciendo mágicamente en mitad de la triste y sobria elegancia de los alrededores. Además, esos coloridos destellos daban la impresión engañosa de que las paredes de la construcción eran de frágil, endeble y transparente cristal, mas la mirada no parecía poder atisbar nada salvo los reflejos multicolores que serpenteaban la fachada exterior, retazos escurridizos del espectro cromático. Dividido en tres secciones, el edificio central era coronado por una enorme y maciza cúpula de hielo, entorno a la cual, un resplandor cegador surgido del interior se alzaba al cielo. Las otras dos secciones, se extendían cada una a un lado, penetrando los extremos en la densa oscuridad de paredes laberínticas que anunciaban un jardín retorcido y sombrío, encargado de hacer desistir a cualquier persona indeseada que ansiase llegar la sala principal.
Cerraron los últimos metros del bosque por el cual habían llegado y alcanzaron el inicio de la larga avenida que conducía a las puertas de entrada. Un camino custodiado por inmóviles guardianes encapuchados provistos de picas y espadas al cinto que franqueaban las lindes, impertérritos, como si fueran de piedra, parecido a una procesión de amenazantes sombras.
Avanzó, sintiéndose temblar en el proceso, sabiéndose bajo el acecho escrutador e impasible de todos aquellos que iban dejando atrás, que sin variar un ápice las postura, la estudiaban desde el fondo de una oscuridad que ella no podía penetrar. Edwing le apretó la mano, buscando transmitirle algo de seguridad, y notó que iba a decir algo cuando su guía se paró repentinamente frente a las dos robustas puertas de cristal tallado semitransparente y se volvió finalmente hacía ellos hablando en voz regia y cargada de respeto.
-Bienvenidos al palacio del dragón – sentenció, y tras ello puso la mano sobre las ojos y se hizo a un lado revelando finalmente el palacio del líder de los dragones.
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Reflejos XII (Primera Parte)







-¿Osáis burlaros de nosotros, desgraciado?-desafió la sombra más cercana a él. 

Mas no hubo tiempo de respuesta, pues el segundo encapuchado interrumpió la conversación.

-No hay duda, es él.

El renuente a dejarlos marchar se giró, embravecido como demostraba su voz.

-¿En qué te basas?

-El broche de su capa.

-No es una prueba definitiva.

-Pero si una para que le demos algo de credibilidad. Enfunda la espada.

-Pero...

-Es una orden-y sin esperar a verla obedecida, liberó a su propia presa- Disculpad nuestros malos modos, señor, señorita. Comprendan que son malos tiempos, hemos de extremar precauciones.

-Lo entiendo. Y en cuanto a si soy el príncipe verídico, aquí tienen la muestra- y con desdén sacó de entre los pliegues de la capa un pergamino que extendió delante de las narices de aquel reacio a creerlos- ¿Todos contentos, pues?

El gruñido fue lo único que pudieron considerar como algo similar a una respuesta.

-Reiteramos nuestras disculpas y sentimos la falta de respeto hacía ambos. Soy Mulcrey, uno de los guardianes del palacio y del rey- se presentó descubriendo su rostro al deshacerse de la capucha. Ambos se encontraban ante un hombre de larga melena dorada, ojos marrones y tez tostada, de neutra expresión-Y él es Discin, mi segundo al mando- señaló al encapuchado que quedaba, que al repetir el mismo gesto que su superior dejó entrever los ojos rojizos rodeados de pecas, junto al pelo de color granate- Discin...-le advirtió.

-Les pido disculpas, a ambos- expresó casi con resentimiento.

Una leve inclinación de cabeza les dio a entender que ambos las aceptaban.

-Y con todo aclarado, me gustaría ver a vuestro señor, sino es mucho pedir- se hizo dueño de la conversación.

-Faltaría más, Discin acompáñalos. Perdonad mi ausencia pero tenemos órdenes estrictas de no abandonar nunca la zona- y con eso despareció.

Su recién nombrado guía les dio la espalda, y sin esperar un segundo, se puso a caminar a grandes zancadas. 

-Bueno, es hora para nuestra gran entrada. Prepárate para tu estreno oficial, Lyselle- fueron sus palabras mientras se acercaba a la paralizada chica que seguía parada en medio del claro, tirando de ella.

Por inercia, ajena a todo, se dejó llevar por su acompañante, sin saber muy bien si temer el momento que les esperaba.

En un par de pasos hubieron alcanzado a Discin, que les miraba de reojo con desdén.

-Veo que tiene buen gusto “alteza”, a pesar de que es de una especie poco apropiada para vos. 

Detuvo su paso, y el vigía al presenciarlo lo hizo a su vez, girando y enfrentándole con una sonrisa satisfecha en la cara.

-Lo que sea o no sea apropiado para mi, no es algo que deban decidir los demás, en especial si son plebeyos-le contestó con hielo en las palabras, mirándole fijamente.

-¿Tanto sois capaz de arriesgar por unas cuantas noches?

-¡No permitiré que la rebajéis a ese nivel!

-Es para lo único que sirven las humanas, son buenas en ese aspecto.

Antes de que una brizna de aire soplara en el lugar, el príncipe había agarrado al guardián por las solapas de la chaqueta y  había acercado su cara a la suficiente distancia para que ambas respiraciones se entremezclaran.

-Me es indiferente lo que pienses sobre las o los humanos en general. De hecho  me da igual lo que pienses, sólo quiero que recuerdes una cosa: al menos a esta humana la respetarás si sabes lo que te conviene.

-¿Me amenaza, alteza?

-¿Necesitas más detalles?

-No creo que la situación actual esté para que os confeséis el amor que os profesáis-interrumpió de nuevo una voz ya conocida, relajando levemente la tensión. 

Ambos desviaron la mirada, encontrándose con Mulcrey, que al parecer observaba entre divertido y recriminatorio la escena.

-Discin, no eres más que un guardián, le debes un respeto al príncipe, y ni que decir tiene que no tienes la suficiente autoridad para entrometerte en sus asuntos. En cuanto a vos, príncipe Edwing, tampoco habéis de olvidar que este no es vuestro territorio, por lo que empezar una disputa en él, no sería vuestra opción más favorable.

Finalmente los implicados se soltaron mutuamente, uno haciendo una leve inclinación de cabeza, y el otro arreglándose el cuello de la chaqueta.

-Por cierto, ¿dónde está la señorita...?

-¿Lyselle?- pronunció percatándose de la ausencia de aquélla.

-Fantástico, y encima problemática.

-Discin... – pronunció su nombre a modo de advertencia- ¿Ninguno sabe dónde ha ido?

-Me olvidé de ella, no pensé que se alejaría de aquí...

-Mejor adiéstrala-sugirió el otro guardián. 

Antes de que el príncipe consiguiese responder, se sorprendió de encontrar el filo de la espada de Mulcrey en el cuello de su compañero.

-Tu comentarios no son bienvenidos, y menos ahora. Si no os hubiéseis dedicado a lanzaros ofensas como dos gallos de pelea, la chica no habría desaparecido. Más vale encontrarla pronto.

-¿Y ese repentino interés en una humana?-quiso saber Edwing. Y por una vez, la expresión de Discin concordaba con la de él.

-Habría de dar muchas explicaciones si le ocurriese algo, estoy al cargo al fin y al cabo- esa respuesta pareció convencer a ambos.

-Está bien, no debe rondar demasiado lejos. Príncipe, permaneced aquí por si regresa. Discin, inspecciona la parte noroeste, la más cercana al palacio, yo me encargaré de la sudeste. Y recuerda cuál es tu lugar- y con eso ambos hubieron desaparecido de la vista, dejando a cierto vampiro entre preocupado y avergonzado al saber que la advertencia que había recibido estaba hecha con toda la razón.

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Reflejos XI ( Tercera parte)

Ya sé que he tardado bastante en actualizar... La verdad es que supongo que he perdido algo el interés y como tampoco sé si la historia entusiasma o interesa pues lo he dejado de lado... De momento por aquí sigo...



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Silencio. Dudó en la incertidumbre de si le habría molestado que fisgonease en algo como eso, pero entonces un sonido llegó a sus oídos. Uno similar, el susurro de la ropa deslizándose por la piel, para posteriormente caer al suelo. Entonces, la intimidad del sonido creció, y algo restalló, como algo que se estuviese desplegando, lo que le afirmó la pregunta. E irónicamente, ahora, aparte de curiosidad, se sentía intimidada, incluso aterrada, al no saber cómo reaccionaría al ver algo tan antinatural para ella como unas alas, enfrentándola a una realidad divergente a la que conocía, y no se planteaba seriamente hasta ahora. No será duro, se dijo. Es él, una persona, diferente, pero no desagradable, se aseguró. Impulsada y motivada cohttp://www.blogger.com/img/blank.gifn esas palabras, se giró y le enfrentó, cayendo la toalla al suelo en el movimiento.

Cara a cara, enfrentados cada uno desde su propia desnudez. Ella con su cuerpo inmaculado, y él con unas hermosas alas negras a la espalda. Boquiabierta, se prendó de la imagen de ángel caído que él ostentaba. Un ángel caído de azulísimos ojos azules, oscuros y ausentes, de expresión distante. Una imagen que no encajaba nada con las alas que sobresalían imponentes, membranosas y recubiertas de plumas cuya tonalidad y textura se asimilaban a la de su pelo.

Acortó la distancia, buscando romper el muro invisible que su pregunta había erigido, y pegándose a él, estiró la mano derecha, buscando tocar las alas que sobresalían alrededor de él. Éstas se sacudieron bruscamente, rechazando la cercanía, pero ella volvió a insistir, esta vez, buscando decir con la mirada lo que las palabras no podían. Pero él siguió mostrándose distante.

-Edwing, son preciosas.

Ninguna reacción salvo la súbita tensión en la mandíbula.

-Ya, claro.

-Lo digo en serio.

-No me mientas por compasión, no lo necesito – dijo agriamente.

-No lo hago, ¿pero a qué viene esta reticencia? Forman parte de ti, deberías estar orgulloso de ellas. Puedes hacer cosas inimaginables para mí.

-Precisamente por eso. ¿No lo entiendes? Estas alas, demuestran claramente que no soy como tú, que parte de mi ser es un animal salvaje que algún día….

-Algún día, yo me moriré, es inevitable, y no por eso desprecio mi vida…

-¿Estás segura? – interrogó convenientemente, aludiendo perfectamente a su primer encuentro.

Si hubiese sido cualquier otra persona, habría acusado el golpe, pero venía de él, y viendo la susceptibilidad y menosprecio que se tenía por algo que tal vez, de no estar ella por en medio sentiría, hizo que se creciera ante la situación.

-Puede que despreciara mi vida, pero no mi naturaleza. Y tú deberías hacer lo mismo. Somos distintos ¿y qué? Es cierto, tenía miedo hace un instante de verte, pero era infundado. No podría despreciarte por esto, ni tampoco me das asco. Tú sigues siendo tú, independientemente de tu físico, y no cambiaré de opinión porque que seas algo diferente, forma parte de ti. Yo me quejo de los que juzgan por las apariencias, ¿qué diferencia tendría yo respecto a ellos si hiciera lo mismo contigo?

Dedujo de la ausencia de palabras, que él debía estar valorando el discurso, buscando la réplica y seguro de que no la encontraría, desvió la atención a la ropa sobre la silla. La única opción de hecho, por lo que procedió a ponerse la sencilla ropa interior, que esta vez alguien si se había encargado de proporcionarle, permitiéndose un tiempo de reflexión entorno a lo que habían comentado.

Tras un tiempo prudencial, le pareció percibir movimiento por el rabillo del ojo, y lo que supuso que debían ser sus alas plegándose por lo que se atrevió a llamarle-

-Edwing.

-Dime – el tono era relajado y distendido nuevamente.

-Me preguntaba... ¿Ekain tiene mujer o hijas?

-Hasta donde yo sé, no. ¿Por qué? – comentó, vistiéndose nuevamente argumentó.

-Porque si deduzco que ha sido él el que ha traído algo con lo que vestirnos... ¿Cómo sabe la talla de ropa interior que gasto?

Le escuchó tragar saliva pesadamente, y luego un pesado silencio.

-Edwing, la respuesta.

-Bueno verás... la primera noche cuando terminamos.... el caso es que te dormiste, desnuda debo añadir. Y claro, al traerte aquí, no te iba a dejar tal cual. Así que le pedí a Ekain que recogiese la ropa que a mí, con el fervor del momento se me olvidó. Te puse
algo de ropa de tu talla aproximada que encontré por los arcones y fijándome en la talla de la tuya propia, le pedí a Ekain algo de ropa nueva a tu medida.

-Edwing...-la escuchó decir con voz crispada.

-¿Sí? –articuló inocentemente.

-¿A ti también te consigue la ropa interior Ekain?-ahora se estaba perdiendo en el sinsentido de la conversación.

-A tanto no llego.

-¡Pues a mi tampoco me gusta que otra persona elija por mi, y si encima es un hombre menos!

-¿Y qué querías que hiciera? ¿Dejarte no llevar nada bajo el vestido? ¡Si ya me cuesta bastante contenerme!

-¡Haber ido a mi casa y habérmela traído!

-¡Claro! ¡Ya me parecía a mi que la solución simple se me estaba escapando!-exclamó todo serio.

-Déjalo... La próxima vez ya elegiré yo.

-Tendremos que ir a tu mundo....-dijo en voz baja.

-¿Qué ocurre?-se preocupó ante el cambio tan repentino.

-¿Quieres volver allí para quedarte?

-No... pero tu mismo dijiste que vuestras excursiones allí eran frecuentes, ¿te importa si te acompaño?

-No...

-Te dije que me quedaría contigo, al menos de momento. El día que desee regresar para quedarme, te lo diré. A todo esto, ¿por qué os habéis empeñado vosotros dos en que me ponga vestido?

-Si lo piensas, a mis ojos y a los de aquellos que visitaremos, te has convertido en la princesa, no oficial, pero princesa. No nos queda otra que seguir una cierta etiqueta.

-Que remedio pues, pero al menos ayúdame a cerrar la cremallera de esta cosa.

Esa cosa era el vestido, de delicada seda azul cielo, escote palabra de honor entallado bajo el pecho con dos cintas blancas entrelazadas que caían sueltas a su espalda, lugar en que debía cerrarse, dejando la mitad superior al aire. Bajo las fruncidas cintas delanteras, varias capas de níveo tul se cerraban en torno al cuerpo liso ocultando sus pies de tonalidad azul del vestido, nunca ocultando la franja central bordada con flores blancas. Por último, una abertura lateral hasta el muslo rasgaba uno de sus costados.
La ayudó a subir la cremallera, cuidadosamente de no enganchar las cintas a forma de lazo y los mechones libres de la melena presa en sus manos.

-Ya está.

-Bien, aunque no me apasione llevar vestidos, he de admitir que no son demasiados pomposos como los de las princesas de los cuentos.

-¿Qué princesas?

-Déjalo. Ahora que me fijo, ¿vamos a juego?

Y es que él, vestía un chaleco del mismo añil, bordado con nevadas hojas, sobre una camisa de bordes blancos vislumbrados gracias a los botones inferiores abiertos de ambas cosas, dispuestos simétricamente. Bajo ello, un pantalón negro caía formando pliegues en sus rodillas al verse atrapados en las oscuras botas de caña alta cuya franja superior iba a juego con los detalles de su chaleco. Los últimos detalles de su indumentaria se conformaba con la corbata plastrón grisácea, y la levita negra de azulonas solapas y elaboradas bocamangas del mismo color.

-Supongo que si vamos como aspirantes a pareja real, habremos de demostrarlo.

-No te queda mal, a pesar de lo recargado que me pareces.

-¿Estás intentando decirme que estoy bien?

-Bueno, en realidad debo admitir que estás bastante guapo, algo decimonónico pero guapo.

-Y tú algo etérea, pero preciosa. Yo creo que todo en general te sienta bien, será la belleza fantasmal esa que te digo-bromeó.

-Pues mi belleza fantasmal necesita unos zapatos.

-Ahí los tienes- le señaló unos finos zapatos de tacón de afiladas punteras de las dos tonalidades del vestido.

-Si quisiera partirme la cabeza ya me los habría puesto, descuida.

-Como vas a evitarlos llevando el vestido que llevas. Por otro lado no caminarás demasiado.

-Está bien-suspiró resignada, calzándoselos y ganando varios centímetro de altura-. Me peino y nos vamos.

La observó acercarse al tocador vacilante, tomar el peine entre las manos y cepillarse la larga melena, algo indecisa ante como peinarse.

-Déjame anda- y ante su sorpresa le recogió algunos mechones de pelo sujetándolos en un costado con un lirio blanco, similar a los del vestido, cayendo el resto hasta su cintura.

-¿Este lirio es natural?

-Sí.

-Son mis flores favoritas, esas y...

-Las rosas azules. Lo sé.

-Por una vez no te preguntaré el por qué. No obstante, si aquí únicamente persisten las flores negras...

-Imagínate quien la trajo.

-Como no... Cuando quieras.

Y antes de moverse siquiera, le puso una pesada y cálida capa negra sobre los hombros.

-Pasarás frío ahí arriba si sólo llevas eso.

-¿Ahí arriba? ¿Pero cómo iremos?

-Sorpresa- y ahora fue su turno de colocarse una capa similar a la de ella, cuya diferencia radicaba en el emblema del broche, la estrella que ya había visto antes.
Justo en aquel momento llamaron a la puerta.

-Príncipe Edwing, ¿puedo pasar?

-Adelante.

El hombre traspasó el umbral, inclinándose levemente al trasluz de las penumbras del pasillo, y yendo hacía la pareja.

-Aquí tiene, los informes de los servicios de espionaje, y el borrador preliminar de acuerdo según las consideraciones del consejo en caso que lo necesitase-enunció conforme le pasaba un delicado estuche de tapa dura con la misma estrella en sus tapas.

-¿Algo más?

-Ya está todo listo para partir, su montura les espera en el balcón, lleva muda para un par de días para ambos.

-Gracias, Ekain. Puedes retirarte.

-¿Me permite un último comentario, señor?

-Adelante.

-Está usted preciosa señorita, irradia una luz inexistente en este persistente vacío.

Ambos contemplaron a la aludida sonrojarse profusamente, inspeccionando sus zapatos, incapaz de despegar la vista del suelo.

-Es que tiene usted buen gusto al elegir la ropa, Ekain – le elogió ella por su parte.

-Se equivoca, el gusto es del señor.

Ahora fue el turno del chico de desviar la mirada de las pupilas inquisidoras.

-Nos marchamos Ekain, vigila tus espaldas y las de mi padre de las intrigas de Zeeg.

-Lo haré, y ustedes vayan con cuidado- y tras ello salió siguiendo la misma ruta que lo trajo hasta allí.

-Vamos-y asiéndola de la mano, la guió hasta una sólida pared maestra que cerraba la estancia.

-¿Y ahora?

Sin molestarse en responder, dibujó la estrella de cinco puntas, presionando los vértices con gran exactitud, para acto seguido y tras un agudo chirrido, ésta despertase a la vida desplazándose pesadamente sobre sus goznes, dejando a su paso una amplia abertura al aire libre, sostenida por una plataforma que cínicamente desafiaba al vacío sobre su altura. Aunque lo realmente impresionante era la bestia gris que de espaldas a ellos contemplaba el cielo nocturno, desviándose hacía la pareja al presentir sus pasos, orgullosamente extendiendo sus alas.

-¿Es realmente lo que parece que es?

-Lo es, un hipógrifo.

Antes de darle tiempo a nada más, se acercó cautelosamente al animal con pasos torpes, manteniendo una cierta distancia. Y anonadado apreció la elegante reverencia de ella ante los ojos vigilantes de la bestia, junto a sus palabras.

-Jamás tendré alas para volar por este inmenso cielo que contempla nuestras efímeras vidas, ni entenderé el significado del valor de todo aquello que no he visto en la vida que tú has llevado. Aún así, agradecería si me dieses la oportunidad de acompañarte en la libertad que para ti supone izarte en los vientos, respetando tu naturaleza.

En aquel entonces, fue el momento del hipógrifo de inclinar levemente su testuz, aceptando su deseo.

-Que rápido has congeniado con Amrod- observó tomando las bridas y acariciándole la cabeza-. ¿Qué te parece la señorita, Amrod?

La respuesta visible del hipógrifo fue flexionar sus patas para que ambos pudiesen auparse sobre él.

-Creo que al menos no le disgustas.

-¿En qué te basas?

-En que si lo hubieses hecho, probablemente te habría estampado contra el muro o contra el suelo, ambas probabilidades tenían las mismas opciones.

-¿Y a pesar de eso me has traído aquí?

-Necesitaba comprobarlo, él nos conducirá a nuestro destino- y ágilmente se aupó, sin rozarle las alas, tendiéndole la mano para ayudarla a subir a la grupa. Agarró su mano, y de un tirón quedo montada tras él, sobre el animal.

-A los cielos, Amrod





-¡Espera! ¿Dónde me sujeto?

-Aquí- dijo, colocando las manos de ella en su cintura, sin mirarla siquiera- Ya estamos listos.

Y fue cuando cautivada contempló las alas desplegarse, y con ellas un suave aleteo que poco a poco dejaba el suelo a sus pies, acercándose insistentemente al cielo nocturno. Alargó el brazo, intentando capturar trazos de nubes que la rodeaban, pero lo único que capturó fueron trazos de aire.

-Yo que tu desistiría de eso ahora

-¿Por qué?

-Por esto- y como la señal de inicio, el vuelo tranquilo se transformó en uno enfurecido, ascendiendo rápidamente gracias a la fuerza de las alas de aquel sobre el que iban, incrementando la rapidez de tal modo que hubo de incrementar su agarre para no caerse.

-¿Ves?

-¡Lo has hecho aposta!

-Si continuásemos a ese ritmo no llegaríamos nunca, pero no te preocupes, acabaras disfrutándolo.

-Si tú lo dices…-y sin notarlo se recostó contra su espalda rendida a la sensación agradable del viaje insólito para ella-.

Continuó un breve silencio para ambos, cada uno absorto en las sensaciones de ese momento, el fuerte viento rodeando un momento que sólo les pertenecía a ambos.

-¿Edwing?

La única respuesta fue el silbido en sus oídos indicando que la velocidad a la que iban tenía poco de lenta.

-Edwing… tengo miedo de admitirlo… pero creo que podría estar enamorándome irremediablemente de ti. Pero sé que la faceta que muestras conmigo es sólo eso, una parte de ti. Más allá del tiempo que compartimos, supongo que actúas como lo que se espera de ti. Nos desprecias, tal vez porque realmente lo sientes o porque te han educado así… Y hay algo que temo… temo que algún día te canses de mi, o de mi cuerpo... Por eso... me gustaría detener este sentimiento ahora.... Algo me dice que sería lo mejor.... pero no puedo evitarlo... No obstante, a veces dudo de que todo esto sea real… algo más que el deseo de alguien insignificante y sin valor, que crea un sueño imposible para sentirse importante…

Miraba al frente, erguido sobre la montura, acostumbrado a ella, cuando se sobresaltó ligeramente al escuchar su discurso, no por lo repentino, sino por el sentido de las palabras. Algo se removió en su interior, tal vez gracias a la calidez o tal vez a la leve punzada de dolor que creyó sentir al encogerse su estómago. Mas no se veía capaz de negar sus afirmaciones. Las palabras sonaban crueles, porque realmente lo eran, no quería ni debía mostrarle una utópica realidad que a la larga sólo conllevaría dolor. Si realmente aspiraba a que ella decidiese quedarse a su lado, lo mejor sería que se encarara cuanto antes con la realidad, cruel e implacable, aunque su egoísmo gritara por que hiciese lo contrario, que la protegiese de cualquier dolor exterior a ella. Una sensación de ansiedad le embargó, reemplazando sus pensamientos, cuando los brazos de ella se aferraron desesperadamente entorno a su cintura y pudo percibir el sollozo y la humedad de sus lágrimas a pesar de toda la ropa que llevaba encima. Un intenso sentimiento de abrumadora desolación e impotencia se apoderó de él. Percibió su incapacidad de hallar forma alguna de consolarla, razón por la cual la dejó sumirse en un dolor que no sabía como compartir o hacer desaparecer.

-¿Por qué no dices nada?-el viento llevó hasta sus oídos la tenue voz rota-. ¿No era esa confesión lo que tanto anhelabas? Tampoco quiero que me pintes una realidad ajena a la que impera, no te pido que cambies las tradiciones arraigadas entre tu gente, por más que me horrorice no ser más que un peldaño en la escala alimentaria... Yo sólo esperaba... esperaba saber si hago bien quedándome, si aún me necesitas, sino te importa que sea un estorbo, si realmente soy algo más que comida, si esto no es una locura.... –su voz se fue apagando conforme enunciaba todo aquello que sumía su alma en un doloroso desconocimiento de cosas para ella imposibles, abrumándola en un letargo donde quizás podría recuperarse algo del estrés emocional que expresar y reconocer de viva voz, la habían vencido en aquella ocasión.

Se giró levemente a observar el rítmico vaivén de su cuerpo, con una sonrisa entre amarga y nostálgica en los labios al verla tan indefensa, ajena a la facilidad con que podría poner fin a su existencia... Y sin embargo se rindió al sueño asiéndose a él con decisión y seguridad, segura de que él no la dejaría caer... Conmovido por la confianza no expresada en voz alta y apretando con fuerza sus manos, se dispuso a cumplir su cometido.



Allí arriba, a lomos del hipógrifo, danzando entre frías y ventosas corrientes el tiempo acontecía de forma aleatoria, con lo cual, al vislumbrar desde allí las primeras luces anaranjadas, era ignorante respecto al hecho del tiempo transcurrido desde su salida.
Se inclinó levemente sobre la bestia, y le susurró al oído la orden de descenso, procurando así no despertarla.

Conforme iban perdiendo altura, los contornos del lugar se hacían visibles y tangibles, y los antiguos fuegos fatuos mudaban a luces de palpitante existencia, crepitando con vida propia, hasta que al internarse entre varias torres, quedaron ocultas y la oscuridad los volvió a acompañar.

Amrod se posó lentamente y con gracia sobre un despejado claro, perdiendo intensidad el batir de sus alas, hasta extenderlas del todo contra los mullidos cipreses que se cerraban sobre sus cabezas y emitió un sonido grave como indicando el final del trayecto.

Fue ese sonido, unido a que el viento ya no poseía la misma frialdad anterior lo que la despertó de un sueño reparador físicamente pero no anímicamente. Procuró abrir los ojos, rebelándose contra el sopor que pugnaba por evitar su despertar, venciendo al menos aquella vez la batalla. Medio aturdida, estrechó su abrazo, temerosa de caerse para al instante advertir que estaban parados sobre tierra firme.

-¿Cuánto hace que llegamos?- preguntó, con voz impregnada de retazos del efímero sueño.

El único sonido similar al de una respuesta fue el producido por el viento al deslizarse entre las ramas que cubrían aquel sitio. Desconcertada, decidió que tal vez la mejor opción sería la de incorporarse y abandonar la montura. Pero antes de tener tiempo siquiera a deshacer el agarre de su acompañante éste se lo impidió.

-No te vayas-casi le suplicó con un dulce murmullo de voz-. Y hace un rato.

-¿Por qué no me despertaste?

-Necesitabas descansar-le sorprendió que se hubiese percatado.

-Gracias... ¿A qué esperamos pues?

-Mira- pronunció indicando con un dedo que mirase hacía el cielo.

Alzó la cabeza, dejando descansar la barbilla encima de su hombro, y sus ojos siguieron la trayectoria de su guía, abriéndolos con admiración para así contemplar la magnitud del cielo que los cobijaba.

El firmamento extendía un manto de seda de una tonalidad de espeso añil, salpicada por un sinfín de titilantes lucecitas, formando una maraña que se extendía más allá de donde los ojos de ambos podían discernir, un espejismo de plata suspendido.

-Es precioso-atinó a comentar perdida en esa inmensidad.

-Quería compartirlo contigo.

El silencio volvió a imponer su presencia, ajeno al agradecimiento conmovido de ella, llevando sus manos hasta su cara para así poder verle al menos de perfil al hacerle girar levemente la cabeza, quedando ambas miradas trabadas en la otra.

Ajenos a todo los que los rodeaba, ninguno se percató de la gélida brisa que se acababa de levantar de la tierra, ni del murmullo sibilante entre la hojarasca, ni de las sombras danzantes a su alrededor.

En ese instante, para ambos sólo existían ellos dos y el tacto suave de la piel de las manos femeninas sobre la mandíbula al ir acercando sus labios hipnotizados.

Fue en aquel momento cuando las nubes ocultaron el cielo oscureciéndolo todo de repente y un grito retumbó en la lejanía, junto a un extraño sonido similar al de varios aleteos de alas acompañados del temblor del suelo bajo los pies.

-¿No te parece que este no es el lugar apropiado para según que cosas?-increpó en un gruñido una voz grave.

-Le dará morbo, entiende al chico, está en la edad- se burló una segunda voz, de timbre juvenil pero aún así inflexible.

-Será eso, al menos he de alabar su gusto-concedió la primera voz sarcásticamente.

-Y bien, ¿a quién hemos tenido el gusto de estropearle la diversión esta noche?

Repentinamente, tal y como se hubo iniciado, todo recobró la aparente normalidad, volviendo el mar de estrellas y el tenso silencio, sólo que esta vez nuevos personajes ocupaban el escenario. Los dueños de ambas voces, dos figuras de imponente elegancia ocultas bajo una especie de hábito grisáceo, se habían materializado en ese breve lapso de desconcierto. Uno de ellos empuñaba una larga espada cuyo filo descansaba en la garganta de Edwing, mientras el otro amordazaba y retenía a su compañera.

-La respuesta, ¡ahora!-ordenó la persona que empuñaba el arma aumentando la presión.

Y como dueño de la situación, sin considerar la amenaza y con un aplomo que demostraba lo que realmente era, los tres ocupantes contemplaron el cambio de papeles al hacerse el intruso el dueño de la situación. Apartando levemente el arma de su garganta desmontó elegantemente, alzándose en toda su altura e irguiendo la cabeza, demostrando así una grandeza que el encapuchado no igualaba aunque fuese una cabeza más alto.

-Disculpad la intromisión, pero tenía entendido que esperaban esta llegada. No deja de ser sorprendente la hospitalidad de estos lares. ¿Mi nombre deseábais saber, no es cierto? Vuestra respuesta pues: soy Edwing Osbert de Neilane, príncipe regente de uno de los reinos centrales, el de los vampiros, por si lo habéis olvidado.

Un denso mutismo se instaló en el claro tras las últimas palabras pronunciadas por el vampiro.
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